Vacunar el mal con una reflexión crítica

Actualizado: jul 8

Al escribir estas líneas, mi memoria regresa al pasado cuando estaba cursando los estudios de filosofía en el norte de España, como el único alumno de origen africano en el departamento de Filosofía. Verme en ese ambiente de constante disputa filosófica y el incremento de los años que venía con la costumbre de plantearse ciertas preguntas fundamentales para mi existencia, fue como si estuviera en un campo de batalla; estar atrapado en una cárcel sin ninguna perspectiva de salida posible, pero los impulsos pedían la libertad, sean como fueran.


En medio de este contexto, tener a un profesor eurocéntrico hasta el punto de ver la noción de “historia y ciencia” únicamente en el mundo occidental, resultó más trágico aún para mí. Si los conceptos filosóficos resultaban difíciles de absorber, tener que lidiar con la negación de la propia cultura de uno por alguien que decía poseer el conocimiento científico (universal) producía en mí unos episodios muy dolorosos que me marcaron hasta el presente. Muchas veces quise rebatir esos argumentos que consideraba retrogrados, pero la condición de alumno me limitaba. Entonces me dediqué a investigar sobre mi propia cultura, adoptando el estilo de Robinson Crusoe, el hombre solitario que busca el Sophos a escondidas.


Desde entonces, y tras cursar estudios avanzados, mis intereses se iban focalizando acerca del continente: sus filosofías, las religiones, la cultura, la antropología, la política… y en el camino, me encontré con “enviados” como Marcus Garvey, W.E.B. Du Bois, Bachir Diagne, Felwine Sarr, Achille Mbembe, Mamousse Diagne, Serge Bile, Aimé Cesairé y otros muchos que me liberaron de mi propia angustia. No solamente dejé de sentirme extraño en medio de muchas dudas, además empecé a percibir mi continente desde mi propia metamorfosis: regresar a África para conocerme y poder dialogar con mis interlocutores. La trayectoria es dura: hay veces que la historia antigua nos enorgullece, y otras veces, nos sentimos avergonzados por las desgracias cometidas en la época moderna. Pero, ante todo, la voz ancestral sigue llamando y escuchamos. De ahí consagré todas mis líneas de investigación sobre la realidad del continente.


Dicho esto, no quiero caer en la utopía que imperativamente ve el mal en los demás y se niega a hacer la “mea culpa”. Es cierto que durante siglos nuestros ancestros fueron extirpados del continente de la manera más inhumana; décadas de colonialismo y explotación hasta que vinieron los aires de la soberanía internacional. Sin embargo, hubo muchas lagunas en la gobernanza por parte de los africanos, dictaduras, genocidios, golpes de estados, estados fallidos, corrupción, nepotismo, la irresponsabilidad con la juventud tanto que ofrecen sus vidas al drama cotidiano lejos de sus fronteras en busca de un futuro que, raramente alcanzan por las duras políticas migratorias, el populismo en sus países de acogida y la comercialización de sus vidas por parte de algunos de sus dirigentes ante las instituciones que financian la contención de la migración. De ahí el bien de unos pasa a ser el mal de muchos.


Pasan los años, el mundo internacional se dirige hacia la confrontación multipolar y los regionalismos ante la impotencia de las instituciones políticas y la decadencia de los Estados-nación. El grito pasa a ser universal y la cohabitación en una aldea global, pero no es más que puro eufemismo, debido a que, mientras el mundo se mueve hacia el este, occidente sigue tejiendo mecanismos para defender el estatus quo. Todas las partes y los actores del ajedrez internacional se posicionan buscando alternativas ante las incertidumbres y los desafíos que nos plantea el avance de la tecnología y el cambio climático. Desde los palacios africanos, raramente salen iniciativas, sino que se espera que predican las bienaventuranzas en Washington, Bruselas, Pekín, Moscú… para unirse a la misa.


Este es el drama, y como joven me cansa. Nos cansa. ¿Cómo África puede ser la cuna de la humanidad y no tener ninguna iniciativa ni voz respetable? En los años 1980 las medidas de ajustes impuestas por los organismos de Breton Woods liquidaron el sistema de bienestar público de los países africanos. Desde entonces seguimos caminando como leprosos, ciegos y desorientados. Cotidianamente se organizan banquetes para humillarnos en la forma de conferencias (EE.UU-África, China-África, Unión Europea-África, Japón-África, y las ultima en llegar fue Moscú-África). Más de cincuenta “semiestados” arrodillándose por las remesas que habían sacado de sus propios bolsillos cuando los guardianes del templo estaban de fiesta y adormecidos. Cuando medito sobre la humillación que nos hacen, me pregunto si vale la pena identificarse como un africano. Es doloroso, pero no tenemos otra identidad que la africana.

Ante esta situación, no nos queda otra que ser responsable con nosotros mismos. África no puede seguir estando en la cola; no puedo ser la eterna víctima y la humillada; la madre que deja morir a sus hijos en el Mediterráneo; cómplice del crimen inmune e instituciones transformadas en clanes, guetos e intercambio de favores.


El avance de la tecnología y la globalización ha hecho que, tanto los jóvenes africanos como el resto de los otros países están en el mismo nivel de conciencia. ¿Lo saben nuestros dirigentes? La era del “clic” viene para derrumbar las mitologías. El joven senegalés o de cualquier otro país africano tiene las mismas aspiraciones que de uno que se encuentra en los estados avanzados: educación de calidad, una sanidad universal, empleos dignos, participación en la gestión del bien común… Desgraciadamente, raras son las instituciones africanas que tienen esto en cuenta. Preferimos la cultura del “copiar y pegar” aprendido de los ancestros colonizadores. ¿Nos falta la inteligencia para avanzar? ¿Nos faltan los recursos humanos para cambiar la mala imagen? No, falta voluntad política.


Al igual que Sócrates, prefiero enseñar con ejemplo que mirar la paja en el ojo del otro. Con frecuencia, desde las políticas africanas pasamos el tiempo lanzándonos acusaciones y dedicamos muy poco tiempo a reflexionar sobre nuestro futuro común. Buscando jubilar esta cultura muy nefasta para los propios actores y nosotros, la juventud pide que sea escuchado y que le den la posibilidad de transformar a su sociedad: ser responsables de nuestro propio destino. Para ello, invitamos a los dirigentes a empezar a confiar en los hijos del continente en vez de estar gastando muchos recursos en gabinetes extranjeros que nos presentan a planes totalmente ausentes de nuestra realidad sociológica. Con el fin de establecer políticas adaptadas a la realidad sociocultural y sin competir con nadie (retomo las palabras del pensador Felwine Sarr), debemos empezar a reflexionar por nosotros mismos. Esto me ha animado a crear un Think Tank que busca englobar a todos los hijos e hijas del continente alrededor de la reflexión crítica y como fuente de alternativa y propuestas públicas. No queremos participar en ninguna organización política, sino pensar de manera estratégica, metodología y científica por el bienestar de nuestro continente. Los datos, los informes, la demografía, el dinamismo de la juventud… muestran que a nuestro continente le pertenece el futuro. Debemos creerlo para materializarlo.


Somos un grupo de reflexión y de estudio sobre la realidad africana. Ante las muestras de un mundo que se mueve hacia la bipolaridad (la lucha de viejas potencias y los emergentes), muchos se preguntan, ¿cuál será el papel de África en el nuevo panorama mundial? Mientras unos siguen defendiendo un etnocentrismo-eurocentrismo en las relaciones internacionales, nosotros nos distanciamos de esta postura argumentando que, África, como continente debe y tiene que participar en la reflexión en torno a todos aquellos temas que afectan a la humanidad.

El profeta del islam recomiendo a sus discípulos de hallar el saber, incluso si hacía falta ir hasta China y nuestro amable compatriota Cheikh Anta Diop nos invitaba de armarnos con el conocimiento porque es la única vía para cambiar los cinco siglos de sufrimiento. Invitamos a toda la inteligencia del continente a reunirnos en torno a la reflexión y la búsqueda de soluciones. Los tiempos han demostrado que los políticos han fallado y debemos ofrecer alternativas viables para la gloria de nuestro continente.



Maurice Dianab Samb

Filósofo, Doctorando Historia, Cultura y

Pensamiento & Seguridad Internacional


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